Psicólogo en Valladolid

Presentación



Descripción y orientación teórica

El Gabinete de Psicología Inés González Carballo es una consulta de carácter privado ubicada en Valladolid en la cual se trabaja desde el paradigma científico del modelo cognitivo-conductual abierto éste al eclecticismo técnico y la integración teórica, lo que posibilita aunar, entre otras, psicologías de inspiración psicoanalítica.


Características de la consulta

✓ Oferta asistencial: Psicología Sanitaria.
✓ Edades de intervención: Psicología adulta e infanto-juvenil.
✓ Modalidades de terapia: Tratamiento psicológico individual, Terapia familiar, Terapia de pareja, Coaching, Asesoría, Formación, Terapias externas y Terapias online.


Especialidades

✓ Trastornos depresivos (Depresión mayor, Distimia).
✓ Trastornos de ansiedad (Fobia específica, Trastorno de ansiedad social –fobia social-, Trastorno de pánico, Agorafobia, Trastorno de ansiedad generalizada -TAG-).
✓ Trastorno obsesivo-compulsivo y trastornos relacionados (Trastorno dismórfico corporal).
✓ Trastorno de síntomas somáticos.
✓ Trastornos de la conducta alimentaria (Anorexia nerviosa, Bulimia nerviosa, Trastorno por atracón).
✓ Trastornos de la personalidad (TP Histriónico, TP Dependiente, TP Esquizotípico, TP Narcisista, etc.).
✓ Otros problemas que puedan ser objeto de atención psicológica (soledad, baja autoestima, problemas laborales, crisis de pareja, timidez, falta de habilidades sociales, excesivo perfeccionismo, adicción a redes sociales, etc.).

¿Cuándo acudir al Psicólogo?

No existe una norma fija que nos permita delimitar cuándo es el momento adecuado para solicitar la ayuda profesional de un psicólogo. Se trata de una necesidad subjetiva que, en la mayoría de los casos, viene acompañada de nuestra valoración personal sobre la falta de recursos o inadecuación de los mismos para hacer frente a una situación/problema, lo que nos lleva a sentirnos desbordados y al límite de nuestras fuerzas.

Nuestros rasgos de personalidad, nuestras experiencias pasadas, la manera en la que nos enfrentamos a las adversidades, el modo de comunicarnos con los demás, la calidad de nuestras relaciones interpersonales, las necesidades que nos mueven, los valores que nos guían, cómo nos sentimos con nosotros mismos, la forma en la que damos cabida a nuestros sueños, la estructura de nuestra realidad interna y externa, etc. nos diferencian y distinguen de los demás convirtiéndonos en alguien único. De ahí que las pautas que nos indiquen la necesidad de recibir tratamiento psicológico respondan más a la idiosincrasia personal que a un protocolo general fijamente establecido.

Sin embargo, existen signos y síntomas indicativos de que algo no está funcionando adecuadamente en nuestra vida o que ese “algo” ha sido planteado de forma errónea:
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• Cuando sentimos que estamos perdiendo el control sobre nuestras conductas (conductas disruptivas, pautas alteradas de comportamiento), sobre nuestros pensamientos (negativismo, obsesiones, creencias irracionales, distorsiones cognitivas) o sobre nuestras emociones (angustia, tristeza, culpa, rabia, impotencia, desesperanza, etc.).

• Cuando tenemos la sensación de que nuestra vida no tiene sentido y somos incapaces de encontrar cosas positivas en nosotros mismos.

• Cuando percibimos el mundo de manera amenazante, creemos que todo está en nuestra contra, nos sentimos solos o incomprendidos.

• Cuando hemos perdido la iniciativa, nos da miedo correr riesgos necesarios y en definitiva nos asusta “vivir”.

• Cuando la ansiedad es una constante diaria que nos aleja de una adecuada estabilidad emocional y el estrés empieza a mostrarse a través de sus síntomas psicosomáticos: molestias/dolores, insomnio, problemas digestivos, cardiovasculares, sexuales, etc.

• Cuando los problemas de comunicación se convierten en una barrera que nos aleja de los demás y debilita nuestras relaciones personales impidiéndonos crecer en ellas y deteriorando los vínculos.

• Cuando estamos atravesando por una situación límite la cual no nos sentimos preparados para afrontar, bien por un exceso de demandas bien por un déficit de recursos personales para gestionarla.

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• Cuando se han producido cambios significativos en nuestro entorno (fallecimiento de un ser querido, ruptura de una relación amorosa, diagnóstico de una enfermedad grave, etc.) que requieren un periodo de adaptación para hacer frente a las nuevas situaciones que nos plantea la vida.

• Cuando la inseguridad en uno mismo es una limitación en nuestro día a día.

• Cuando se recurre al consumo de sustancias (tabaco, alcohol o cualquier otra droga), así como conductas adictivas en relación a hábitos (pautas alimentarias alteradas, juego patológico, compras compulsivas, dependencia de redes sociales, etc.) para escapar consciente o inconscientemente de nuestros verdaderos problemas.

• Cuando hemos intentado solucionar el problema por nosotros mismos pero no hemos conseguido avances o incluso se ha producido un empeoramiento.

• Cuando nuestro entorno más cercano y las personas que nos quieren consideran que tenemos un problema y que debemos ponernos en tratamiento a pesar de que nosotros no lo vemos así.

• Cuando existe un deseo de profundizar y mejorar algunos aspectos de uno mismo, para llevar una vida más plena y satisfactoria.


¿Por qué acudir al psicólogo?

Responder al interrogante de por qué acudir viene implícito en la propia demanda que el paciente plantea: Resolver su problema. A partir de aquí se trabaja en ese objetivo dando cabida, en los casos en los que se precise, al abordaje de la patología subyacente que tal demanda inicial plantea.

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La necesidad de recibir tratamiento psicológico radica en la posibilidad de convertirnos en alguien libre, no condicionado ni limitado por ningún tipo de problema/trastorno. El fin último del tratamiento pretende no solo gestionar la demanda del paciente sino también mejorar su calidad de vida y alcanzar una salud mental plena, algo de suma importancia teniendo en cuenta que sin salud mental no hay salud de ningún tipo.

Para acudir a consulta y recibir tratamiento psicológico no solo ha de darse un problema/trastorno (o simplemente un deseo introspectivo de autoconocimiento y mejora) sino que la persona tiene que querer resolverlo (algo que, por evidente que parezca, no siempre es así). Por lo tanto, resulta imprescindible hacerse responsable de la situación (responsabilizarse no es culpabilizarse) y tener un firme deseo de querer cambiar.

Sin miedo...

A veces las ideas preconcebidas y, en no pocas ocasiones, mal concebidas impiden a la persona tomar la decisión de acudir a consulta:

• El miedo al estigma social (que se le tache de “loco”) unido al componente de vergüenza y rechazo que se anticipa (mal anticipa). En muchos casos es más el miedo personal a sentirnos débiles y necesitados de ayuda el mayor impedimento para ponernos en manos de un profesional. No hay que confundir la autonomía a la hora de gestionar nuestras vidas con la negativa a solicitar la ayuda profesional. La capacidad para reconocer que necesitamos ayuda es una fortaleza, nunca una debilidad.

• El miedo a establecer una relación de dependencia y necesitar terapia siempre. El tratamiento psicológico profesional tiene un inicio y un fin. No hay que hacer un problema donde nunca hubo un problema o donde ese problema dejó de existir. Si no se requiere tratamiento, no se acude a consulta, alargar ésta resulta contraproducente en todos los sentidos.

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• El miedo a la información personal que proporcionamos. El psicólogo está obligado a la confidencialidad, anonimato y secreto profesional, algo regulado por el código ético y deontológico de la profesión. Quien lo desee puede consultar el Código Deontológico del Consejo General de Colegios Oficiales de Psicólogos para más información.

• El miedo a no ver resultados “ya”, “aquí y ahora”. La terapia es un proceso que requiere tiempo, compromiso y dedicación para conseguir resultados satisfactorios. Los psicólogos no estamos dotados de una varita mágica con la que resolver el mundo de cada persona. El tratamiento requiere esfuerzo y compromiso por parte del paciente, asumir estos dos principios es clave en la relación terapéutica. Los problemas que se han ido gestando en años no pueden solucionarse en cuestión de días.

• Ir a consulta para “desahogarse”. La finalidad de ir a consulta no es “desahogarse”. Desde luego que a lo largo de la terapia hay momentos en los que es necesario un cierto desahogo pero no como finalidad en sí misma sino como un medio para explorar la problemática a tratar y dotarla de un significado que el paciente pueda ir elaborando y dando forma por sí mismo.

• Ir a consulta para “recibir consejos”. La finalidad de la consulta tampoco es “recibir consejos”. No se trata de que el psicólogo proporcione una serie de principios y normas guía. Si incurriéramos en eso acabaríamos generando la anteriormente citada dependencia al infundir al paciente la necesidad de acudir a él cada vez que presente un problema en su vida. Se puede pautar, no aconsejar y, en todo caso, es el paciente quien debe ir descubriendo -con nuestra ayuda pero siempre por sí mismo- sus deseos, pensamientos y decisiones.

• Caer en comparaciones. Lo que le haya venido bien o no a otras personas no es indicativo ni representativo de lo que nos pueda venir bien a nosotros mismos. Los recursos individuales de afrontamiento son variables entre las diferentes personas e incluso en una misma persona en diferentes momentos de su vida. Compararse siempre es un error.

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• La creencia de que el tiempo lo cura todo. Esta creencia es errónea, el tiempo no cura el dolor emocional. Cuando éste no se resuelve termina reapareciendo.

• “No estoy tan mal...” El autoengaño es una de las principales causas que nos impiden ponernos en manos de un profesional de la Psicología. Nuestras mentiras (auto-mentiras) pueden llegar a ser muy reconfortantes por el simple hecho de la función que cumplen: impedirnos ver la realidad e inmunizarnos ante una evidencia no siempre fácil de aceptar. Sin embargo permanecer en ese autoengaño nos lleva a evitar poner una solución a tiempo al problema y a cronificar la situación (con todas las implicaciones que eso conlleva).

• El miedo al cambio. Hay problemas que cumplen una función instrumental, no estamos bien pero sin embargo los mantenemos y nos negamos a cambiar. Toda mejoría implica evolución y, a la larga, toda evolución es cambio. Aferrarnos a algo que nos hace daño no parece muy sensato pero, a veces, se convierte en la única arma que tenemos para no enfrentarnos a aquello que nos dolería más. Responsabilizarse de uno mismo y atreverse a cambiar es una de las claves y garantías de éxito del tratamiento.

Superar estas ideas erróneas fundamentadas en miedos y prejuicios es un primer paso necesario en el proceso de aceptación, afrontamiento y consecuente superación de la problemática a tratar, convirtiéndose en el punto de partida que guíe el cambio hacia un estado de salud mental óptimo y una vida libre de psicopatología asociada.


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